Reportaje

Lubá recuerda el agua en voz baja

Para muchos moradores de la ciudad, el silencio es la expresión más emotiva con la cual recordar las fatídicas inundaciones del pasado 2 de agosto del 2025. Los que sí se atreven a hablar de ello, lo hacen en voz baja, muy dolidos.

Eleuterio Ekobo Martes, 4 de agosto de 2026 4 min de lectura
Foto de la calle de Lubá, un año después de las inundaciones
Foto de la calle de Lubá, un año después de las inundaciones

La mañana despierta tranquila en Lubá. El río Magazín vuelve a deslizarse con la calma de siempre, como si nunca hubiera reclamado las calles que hoy bordea. A simple vista, nada altera la rutina de esta ciudad costera de Bioko Sur, abrazada y moldeada durante generaciones por el viento y el agua del Atlántico. Pero la tranquilidad, aquí, tiene memoria.

Hace exactamente un año, el 2 de agosto de 2025, la ciudad descubrió que el agua puede cambiar una vida en cuestión de minutos. Aquella madrugada, mientras la mayoría dormía, los ríos dejaron de ser paisaje para convertirse en amenaza. Las inundaciones arruinaron la vida en viviendas, comercios y estropearon pertenencias. No hubo víctimas mortales, pero sí centenares de historias rotas.

Hoy, doce meses después, el pequeño mercado vuelve a respirar con la parsimonia habitual de los días sin mercadillo. Los comerciantes esperan clientes detrás de sus mostradores y las motocicletas cruzan las calles con la indiferencia propia de cualquier jornada corriente. La ciudad parece haber recuperado el pulso. Solo lo parece.

A menos de trescientos metros del mercado vive Lorena López, en uno de los barrios que soportó con más crudeza el embate del agua. Habla despacio, casi en un susurro, como si cada palabra obligara a revivir aquella madrugada. “Mal... Fue una experiencia muy mala”. No necesita mucho más para que el recuerdo vuelva a ocupar la habitación. “Imagínate estar durmiendo y darte cuenta de que ya hay agua dentro del dormitorio. Después ves que toda la casa está inundada y solo piensas en cómo salvar tus cosas antes de que el agua las destruya”.

Mientras habla, resulta difícil imaginar que las calles por las que hoy transitan vecinos y comerciantes estuvieron convertidas en un río improvisado. Sin embargo, en Lubá basta una conversación para comprender que el agua nunca terminó de marcharse del todo. Cambió de lugar. Ahora habita en la memoria.

Desde la distancia, el Magazín vuelve a parecer un río cualquiera. Fluye sereno, sin levantar sospechas. Pero quienes vivieron aquella jornada ya no lo observan con la misma inocencia. Algunos reconocen que cada lluvia intensa despierta una inquietud difícil de explicar. Otros simplemente han aprendido a convivir con un recuerdo que regresa sin avisar.

Lorena levanta la mirada apenas un instante antes de concluir. “Le pido a Dios que no vuelva a ocurrir. Mucha gente lo perdió todo. Gracias a Dios no murió nadie, pero hubo familias que se quedaron sin nada”.

Uno de los conductos de agua ya está siendo saneado y canalizado
Uno de los conductos de agua ya está siendo saneado y canalizado

Lisa tampoco olvida aquel día, aunque el agua nunca llegó a entrar en su casa. Vive en una de las zonas más elevadas de la ciudad, pero recuerda la imagen que vio en la vivienda de su abuela. Casi se le rompe la voz antes de terminar la primera frase. “Pensé que la iba a perder. Hace una pausa con los ojos húmedos. “Cuando llegamos, el agua me llegaba casi hasta las rodillas. Llevaba botas para protegerme del barro, pero el agua terminó entrando igual».

Las inundaciones no solo arrastraron muebles, electrodomésticos o colchones. También se llevaron fotografías familiares, cuadernos escolares, documentos y pequeños objetos cuyo valor nunca aparece en los balances oficiales. Después vino la limpieza. Más tarde, la reconstrucción. Y, finalmente, el aprendizaje más difícil: volver a empezar.

Porque las inundaciones no terminan cuando el agua desaparece. Continúan en los gestos cotidianos, en los muebles que ahora descansan unos centímetros más altos, en los documentos guardados dentro de bolsas de plástico, en quienes interrumpen el sueño cada vez que una lluvia fuerte golpea el tejado, en la manera distinta de mirar un río…

Juan de Dios Chalé Bielo conoce bien esa sensación. Vive en la parte baja de Lubá y asegura que muchas familias todavía no han conseguido recuperar todo lo que perdieron. “Muchos sufrimos. Nosotros perdimos cosas que hasta hoy no hemos podido reponer. Algunos han podido recuperarse; otros siguen empezando de nuevo”.

Imagen actual del río Magazine de Lubá
Imagen actual del río Magazine de Lubá

Aun así, percibe cierto alivio. Las obras de canalización emprendidas en alguno de los cauces devuelven algo de confianza a los vecinos. “No se puede olvidar lo que pasó. Ya no tengo el mismo miedo porque se está trabajando en el río, pero le pido a Dios que nunca se repita”.

No todos aceptan hablar. Durante el recorrido por la ciudad, varios vecinos prefieren guardar silencio. Algunos sonríen con cortesía y continúan caminando. Otros simplemente desvían la mirada. Quizá porque hay dolores que no encuentran palabras o porque recordar también duele.

Un año después, Lubá ha limpiado calles, viviendas y comercios. Ha recuperado la rutina y la calma de cada mañana. Lo que todavía sigue reconstruyéndose, lentamente, es la tranquilidad de quienes vieron cómo el agua convertía en incertidumbre el esfuerzo de toda una vida. En Lubá, el río vuelve a fluir en calma, pero la memoria, todavía no.

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