Angola quiere sembrar una nueva economía
Angola mira al campo para diversificar su economía: una inversión agrícola de gran escala busca reducir importaciones, atraer capital y convertir el este del país en un nuevo polo productivo.
Angola quiere que sus campos empiecen a pesar tanto en la economía como lo han hecho durante décadas sus pozos de petróleo. Con esa ambición, el Gobierno angoleño y el Banco Africano de Desarrollo (BAfD) han puesto en marcha el Eastern Region Agricultural Value Chain Development Project, una iniciativa que pretende transformar la agricultura del este del país en un negocio más productivo, competitivo y conectado con los mercados.
El proyecto, presentado el 16 de julio, alcanzará a unos 240.000 hogares, alrededor de 1,2 millones de personas, y coloca a mujeres y jóvenes entre sus principales beneficiarios. Pero la apuesta va bastante más allá de aumentar las cosechas: el objetivo es construir un ecosistema agrícola capaz de producir, transformar, financiar y comercializar.
La iniciativa actuará sobre cadenas de valor de cereales, frijoles, soja, cacahuete, mandioca, café, cacao y aceite de palma, con especial atención al trigo y al arroz. Dos productos que, además de llenar mercados, pueden ayudar a vaciar una de las facturas que más preocupa a cualquier economía: la de las importaciones.
La lógica es sencilla, aunque su ejecución no lo sea. Si Angola produce más alimentos dentro de sus fronteras, necesita importar menos. Si además consigue procesarlos localmente, genera más valor añadido, más empresas y más empleo. Y si esa producción encuentra una salida eficiente hacia los mercados, la agricultura deja de ser una actividad de subsistencia para convertirse en una industria.
Ahí entra en escena el Corredor de Lobito. La posición estratégica del este de Angola ofrece al proyecto una ventaja que va más allá de la tierra cultivable: conectividad. Una agricultura competitiva necesita carreteras, almacenamiento, financiación, tecnología y mercados. Sin esa infraestructura, una buena cosecha puede terminar siendo una mala operación económica.
Durante la presentación del proyecto, el ministro de Agricultura y Silvicultura, Isaac dos Anjos, defendió precisamente esa transición. El objetivo, explicó, es que las familias agrícolas tengan mayor acceso a conocimiento, tecnología, financiación y mercados para pasar de una agricultura fundamentalmente orientada a la subsistencia a otra con vocación comercial.
El mensaje del BAfD apunta en la misma dirección. Su representante en Angola, Pietro Toigo, definió la iniciativa como una inversión transformadora destinada a elevar la productividad, reforzar las cadenas de valor y abrir oportunidades económicas para hombres, mujeres y jóvenes.
La clave estará, por tanto, en lo que ocurra después de la cosecha. Porque producir más no garantiza por sí solo una transformación económica. El verdadero salto se produce cuando el agricultor puede vender mejor, cuando aparecen industrias que procesan la materia prima, cuando el transporte reduce costes y cuando el capital privado encuentra un sector en el que merece la pena invertir.
Para Angola, el proyecto representa una apuesta estratégica: hacer de la agricultura una herramienta de diversificación económica y no simplemente una política de desarrollo rural. El país busca así que una economía históricamente dependiente del petróleo encuentre nuevos motores. Y esta vez, la materia prima no está bajo tierra. Está en los campos.
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