25 años después del 11-S: el mundo que cambió aquel día
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 no solo destruyeron las Torres Gemelas. Cambiaron las guerras, la seguridad, los viajes, la privacidad y la forma en que el mundo entiende el terrorismo. Veinticinco años después, sus consecuencias siguen presentes.
A las 8:46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, un avión impactó contra la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos después, otro golpeó la Torre Sur. Millones de personas contemplaron en directo una tragedia que acabaría con la vida de cerca de 3.000 personas.
Pero aquel día también marcó el comienzo de una nueva etapa internacional. Para comprender su dimensión basta comparar el mundo de antes con el que vino después. Antes del 11-S, el terrorismo era percibido en buena parte de Occidente como una amenaza localizada. Después, una organización sin ejército convencional había demostrado que podía golpear el corazón de la principal potencia mundial.
Estados Unidos respondió con la llamada guerra contra el terrorismo. Primero Afganistán; después Irak. La lucha contra organizaciones extremistas pasó a ocupar el centro de la política internacional.
La transformación llegó también a la vida cotidiana. Antes, viajar en avión era una experiencia relativamente sencilla. Después, los aeropuertos se llenaron de controles, restricciones y nuevas tecnologías de vigilancia. También cambió la relación entre seguridad y privacidad. La lucha antiterrorista amplió las capacidades de vigilancia de los Estados y abrió una pregunta que continúa vigente: ¿cuánta privacidad estamos dispuestos a sacrificar para sentirnos seguros?
Una sociedad diferente
En 2001 Internet todavía no era el centro de la vida social. No existían Facebook, YouTube, Instagram ni TikTok. Después, la red se convirtió también en un campo de batalla. Los grupos terroristas comenzaron a utilizarla para propaganda y radicalización, mientras las redes sociales transformaban la manera de informarse.
Antes, los grandes medios controlaban gran parte de la distribución de las noticias. Después, cualquier ciudadano con un teléfono pudo convertirse en testigo y difusor de acontecimientos globales. La velocidad aumentó, pero también la desinformación. El 11-S también deterioró, en determinados sectores occidentales, la relación con las comunidades musulmanas. La asociación entre terrorismo e islam alimentó la islamofobia, pese a que los atentados fueron obra de grupos extremistas y no representaban a los musulmanes.
Un orden diferente
El 11-S modificó el equilibrio internacional. Estados Unidos demostró su enorme capacidad militar, pero las largas guerras de Afganistán e Irak también evidenciaron los límites de ese poder. Mientras Washington concentraba recursos en la lucha contra el terrorismo, China aumentaba su peso económico y estratégico y Rusia recuperaba protagonismo internacional.
El mundo se hizo más complejo. Y quizá el cambio más profundo fue psicológico. Antes del 11-S, un ataque de semejantes dimensiones dentro de Estados Unidos parecía casi inimaginable. Después, la vulnerabilidad pasó a formar parte de la conciencia colectiva. El 11-S no creó las guerras de Oriente Medio, el terrorismo, la vigilancia estatal ni la revolución tecnológica. Pero los aceleró y los conectó. Antes, el mundo parecía avanzar hacia una globalización dominada por la economía y la tecnología. Después, la seguridad pasó a ocupar un lugar central. Cambió la manera de viajar, de vigilar, de hacer la guerra y de informarnos.
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